¿Pero por qué no te callas?
Esta, ahora célebre, frase fue lo que nos debió decir, en plural, el otro dia el conductor del autobús al volver del trabajo.
Digo que debe ser eso porque lo que es entender entender, pues no entendimos ni una palabra. Eso si, los gritos que pegó mirando hacia nosotros durante mas de 2 minutos (al que le parezca poco que haga el favor de cronometrar 2 minutos mientras grita a viva voz y en público, y que luego me vuelva a decir que es poco tiempo) fueron suficiente para que comprendiéramos. Es verdad que no se tarda 2 minutos en pronunciar esa frase, así que supongo que iría adornada con otras palabras que prefiero no saber, teniendo en cuenta el tono con la que las dijo.
Eso si, comprendimos que teníamos que callarnos, lo que no entendimos fue el por qué. Pero esta tarde nos ha ocurrido lo mismo, salvo que la persona que nos gritó esta vez no era el conductor, sino una señora mayor que iba en el autobús.
Lo que parece claro es que hablar en el autobús es de mala educación. Entiendo que dar gritos y carcajearse con un alto nivel de decibelios sea molesto. Es verdad que, por norma general, la gente no está acostumbrada al “modus operandi” de los españoles. Pero resulta extraño en una ciudad como Seúl, que no es precisamente una ciudad silenciosa, más bien lo contrario.
Será que no quieren que nadie les saque del estado de trance en el que te inducen entre el sopor que produce la calefacción al máximo en los autobuses y el mareo provocado por los frenazos y acelerones de los conductores.
Sostengo la teoría de que por eso hay tanta gente dormida en el metro y en los autobuses. Si bajas la cabeza, vacías tu mente, no hablas con nadie, cierras los ojos y te abandonas a la calefacción y al meneo que te pega el autobús al cambiar de marcha, seguramente tengas una experiencia mística. Por eso hay tanta iglesia rara y sectas cristianas. Los autobuses de Seúl son, en definitiva, una forma de control sobre la sociedad.